Proyecto: Cultura de las Américas
Serie: Palabra de esta América
Texto: Perdido (fragmento)
Autor y voz: Haroldo Conti
Archivo histórico: Casa de las Américas
Año: 1977

Perdido (fragmento)
Silbó una locomotora y el tío se alarmó.
–Falta todavía.
Volvió a mirar el reloj y sorbió otro poco de Cinzano.
–Bueno, fui a la Franco–Inglesa y conseguí todo lo que quise.
Le mostré el tarrito al tipo y me dijo: “¿Cuántos quiere?”.
Apenas lo miró. ¿Te das cuenta? Dentro de un rato iba a desaparecer en la ventanilla de un vagón de segunda y no lo vería hasta dentro de cuatro o cinco años.
Había otros cinco antes de ahora. Su viejo desapareció así un día y no lo vio más.
–¿Qué tal todo aquello? –preguntó Oreste después de un rato.
Todo aquello. Era un roce lastimero, un crepitar de años envejecidos, una pregunta hecha a sí mismo, a un negro hoyo de sombras.
–Igual.
–¿Los muchachos?
–Siempre igual.
Callaron otra vez. El tío hizo girar la copa y sorbió el último trago.
–¿Qué hora es?
–Las ocho menos cuarto.
El tío sacó el reloj y lo observó inquieto.
–Casi menos diez. ¿Vamos?
Oreste dudó un rato –Vamos.
Estaban enganchando la locomotora. El tío recogió los paquetes y la valija y comenzó a caminar apresuradamente hacia el andén número 4. Parecía haberlo olvidado. Oreste trató de tomarle la valija y el tío lo miró con extrañeza.
–Está bien, muchacho. No te molestes.
–Dele saludos a la tía. A todos.
–Gracias, querido. Gracias.
Corrieron a lo largo del tren tropezando con los tipos de segunda que corrían a su vez como si la estación se les fuera a caer encima y metían por las ventanillas los chicos o las valijas para conseguir asiento. El tío trepó a uno de los vagones cerca de la locomotora y al rato sacó la cabeza por una ventanilla.
–¿Cuándo vas a ir por allá? –preguntó mirando más bien a la gente que se apiñaba sobre el andén.
–Apenas pueda.
–Tenés que ir, eso es. ¿Cuándo dijiste?
–Cuando pueda.
El tío se apartó un momento para acomodar la valija. Después se sentó en la punta del banco y permaneció en silencio. Se miraron una vez y el tío sonrió y dijo:
–¡Oreste!…
Él sonrió también, desde muy lejos, al borde del andén.
Sonó la campana y el tío asomó apresuradamente medio cuerpo por la ventanilla.
–¡Chau, querido, chau! –dijo y lo besó en la mejilla como pudo. Trató de besarlo a su vez pero ya se había sentado.
El tren se sacudió de punta a punta. El tío agitó una mano y sonrió seguro. Oreste corrió un trecho a la par del tren. Corría y miraba al tío que sonreía satisfecho, como aquellos hombres de la infancia. Luego el tren se embaló y Oreste levantó una mano que no encontró respuesta.